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[El Ágora] La inteligencia artificial protege a las ballenas chilenas

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Chile es un paraíso de ballenas. Desde el norte de su territorio hasta el sur extremo, en la Patagonia, diversas especies de este cetáceo imponente llevan siglos recorriendo el Océano Pacífico buscando alimentos y procrear, impactando en su ruta y en su devenir a quien se cruce con ellas.

Hace miles de años, para los pueblos originarios que habitaban la Tierra del Fuego al sur del mundo, los selk´nam, los varamientos de ballenas representaban acontecimientos de especial interés que incidían profundamente en los ámbitos de su economía, organización social y cosmovisión. Este suceso era motivo de fiesta durante días, pues les aseguraba comida y grasa a largo plazo para cubrir sus cuerpos, pudiendo así protegerse y sobrevivir al frío de la zona.

Posteriormente, hasta pleno siglo XX, las ballenas fueron cazadas indiscriminadamente en la zona central del país, en la localidad costera de Quintay. En este lugar operó por alrededor de tres décadas la ballenera más grande del país, donde estos cetáceos eran procesados para extraer aceite o carne, productos que eran exportados a Japón.

En la actualidad, la diversidad de cetáceos que habitan a lo largo del país vive en un riesgo constante, no de caza, sino de varamientos o choques con embarcaciones, ya sea de pesca industrial o artesanal, lo cual ha aumentado dramáticamente en los últimos años.

Pero las ballenas también han muerto por fenómenos aún inexplicables. Sin ir tan atrás en el tiempo, recordemos que el año 2015 alrededor de 350 ballenas Sei (Balaenoptera borealis), fueron encontradas muertas en el Golfo de Penas, Región de Aysén, en el extremo sur.

Un suceso anormal que durante meses sorprendió al mundo científico, que concurrió al lugar a estudiar las posibles causas de este fenómeno masivo, encendiendo las alarmas ante los varamientos de cetáceos que se han ido tornando más comunes a lo largo de las costas de Chile.

A la fecha, son decenas las ballenas y delfines que han varado en las costas, ya sea por choques con embarcaciones o ahogamientos producto de su atrapamiento en redes de pesca. Un suceso que, lamentablemente, no genera aún el impacto que debiera tener a nivel nacional, pues se sigue mirando como un hecho triste, pero anecdótico.

Sin embargo, donde sí ha impactado este hecho es en el mundo científico mundial, el cual ha investigado y generado proyectos de conservación y rescate.

The Blue Boat Initiative

Una de estas iniciativas es The Blue BOAT Initiative, la cual permitió la instalación, hace algunas semanas, de la primera boya inteligente, Suyai, en el Golfo de Corcovado, al frente de la isla de Chiloé en el sur de Chile. Proyecto que es parte de una gran iniciativa que busca conectar en Sudamérica el Primer Sistema de Alerta Temprana de Presencia de Ballenas con boyas inteligentes, capaces de alertar en tiempo real a las embarcaciones de la presencia de estos cetáceos.

De esta forma, el proyecto permitirá monitorear la actividad humana en los océanos, buscando evitar posibles colisiones y otros impactos negativos del tráfico marítimo; realizar estudios oceanográficos que permitirán evaluar la salud de los océanos y, por último, valorizar los servicios ecosistémicos marinos asociados a las ballenas en el contexto del cambio climático.

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Pareja de ballenas jorobadas.

Una iniciativa pionera que partió desde dos rutas aparentemente distintas y lejanas, las cuales confluyeron para hacer de éste un proyecto con un potencial que traspasará, sin duda, las fronteras de Chile.

La Fundación Meri en Chile inició uno de estos caminos de la mano de su fundadora, Francisca Cortés Solariquien en la reserva elemental de Melimoyu, en la Región de Aysén, estableció un plan de conservación que determinó qué especies marinas eran las prioritarias para esta tarea, buscando así enfocar sus esfuerzos y ordenar prioridades.

Esta búsqueda permitió descubrir que las ballenas azules debían ser los primeros objetos de conservación, pues son “especies paraguas”, es decir, que cumplen un rol fundamental en los ecosistemas que habitan, funcionando como un canal para la conservación de todo ese ecosistema y que, protegiéndolas a ellas, se protegen a muchas otras especies.

Por otro lado, y a miles de kilómetros en España, la bióloga marina Sonia Español-Jiménez, venía desarrollando un trabajo investigativo con el sonido de las ballenas, lo que le había permitido descubrir que el tráfico marino del Golfo Corcovado en Chile ocasionaba una daño enorme en estos cetáceos.

“The Blue BOAT Initiative busca conectar en Sudamérica el Primer Sistema de Alerta Temprana de Presencia de Ballenas con boyas inteligentes”

“Al entender que el tráfico marítimo emitía muchísimo ruido, que coincidía con el rango en el que ellas pueden tanto escuchar como emitir sonidos, empecé a preguntarme qué pasaría en Chile, que es una de las áreas donde más ballenas azules hay y también había un tráfico marítimo importante”, nos cuenta Sonia Español-Jiménez, quien hoy es directora ejecutiva de Fundación Meri y una de las gestoras de la iniciativa The Blue Boat Initiative.

Y lo que agrega la bióloga marina es decisivo para pasar a la acción, pues “cuando las embarcaciones no estaban, las ballenas emitían más sonidos y eso fue demoledor científicamente, como para decir, definitivamente, aquí está la problemática que habíamos conocido en otros lugares del mundo, pero (que) nunca se había estudiado en Chile”.

Es importante explicar que el impacto acústico de la actividad humana en los ecosistemas marinos puede causar desorientación, lesiones auditivas, afectación de la comunicación básica entre distintas especies, repercutiendo directamente en su alimentación o reproducción, provocando también lesiones auditivas, varamiento o incluso la muerte.

Aquí es cuando ambos caminos se juntan y comienzan un trabajo liderado por la Fundación Meri y el Ministerio del Medio Ambiente de Chile, que permitió que hace algunos días se instalara la boya Suyai, que significa esperanza, como parte de The Blue Boat Initiative.

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Un proyecto de elevados niveles de Inteligencia artificial, que dejará instalada una capacidad única en Chile, no sólo para monitorear la presencia de ballenas, sino que para escuchar los océanos con una tecnología replicable a una diversidad de otros ecosistemas e industrias.

Esto, porque contempla la instalación de una serie de boyas inteligentes, equipadas con hidrófonos, sensores oceanográficos y transmisores con la tecnología Listen To The Deep Ocean (LIDO), desarrollada por el equipo liderado por Michel André, científico experto en bioacústica, reconocido por el Premio Rolex 2002 por sus avances tecnológicos, para monitorear la contaminación acústica en ecosistemas marinos y terrestres.

La tecnología LIDO permitirá desarrollar un mapeo acústico en tiempo real del hábitat marino y de su biodiversidad, así como monitorear, en el tiempo, los efectos de actividades humanas sobre los ecosistemas naturales.

Las señales que emita la boya inteligente en el Golfo Corcovado serán recibidas en línea por la Armada de Chile, que será la institución encargada de alertar a las embarcaciones de la presencia de ballenas, para el desvío de la ruta o la disminución de velocidad de los navíos.

La boya, además, contará con sensores de temperatura, pH, salinidad, nutrientes, clorofila y oxígeno disuelto, para que registre las variaciones en el océano y cuya data servirá para la elaboración de estudios oceanográficos con indicadores del impacto del cambio climático en la biodiversidad marina.

Por último, estas boyas inteligentes permitirán identificar el sonido de cuatro especies de ballenas: azul, Jorobada, franca austral y Sei.

El canto de las ballenas

En promedio, cada ballena azul captura 33 toneladas de carbono a lo largo de su vida. Este denominado “servicio ecosistémico marino”, reduce la presencia en la atmósfera de uno de los principales gases causantes del cambio climático. Los grandes cetáceos son un esenciales para enfrentar la crisis climática, por ser una especie paraguas, pero viven en constante amenaza por la actividad humana, en particular, el tráfico marítimo.

Actualmente, el 90% de las mercancías a nivel mundial es transportada por los océanos. Estas embarcaciones son cada vez de mayor tamaño y más rápidas, aumentando la amenaza para las ballenas. La evidencia científica sugiere la importancia de avanzar hacia una regulación marítima que permita, por una parte, poner fin a las colisiones entre embarcaciones y ballenas, y por otra, reducir el ruido que estas generan.

Conocer el impacto de este ruido en el Golfo Corcovado fue uno de los estudios de la bióloga marina Sonia Español-Jiménez, quien afirma: “Fue demoledor …; se me rompió el corazón al saber que todos los humanos estábamos haciendo este daño a las ballenas y después me di cuenta también de lo tremendamente inteligentes que son, pues son capaces justamente de adaptarse, en cierta medida, a que cuando hay barcos no emiten sonidos, porque no son eficientes, o sea no se pueden comunicar por mucho que emitan sonidos, no va a pasar nunca a través del sonido de un barco”.

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Ballenas jorobadas, una especie amenazada según la UICN.

“El impacto acústico de la actividad humana en los ecosistemas marinos puede causar desorientación, lesiones auditivas y afectación de la comunicación básica entre cetáceos”

“Y cuando no había embarcaciones emitían sonidos, pero eso obviamente también conlleva un riesgo, pierden muchas oportunidades, son mucho más vulnerables, pero sí dan cuenta de una pequeña plasticidad de que, en cierta forma, si fuéramos capaces de compatibilizar su comportamiento con las actividades humanas, podríamos llegar a un modelo de desarrollo muy sustentable, porque ellas tienen esta pequeña capacidad de adaptación”, continúa la directora ejecutiva de Fundación Meri.

La bióloga agrega con emoción: “Siempre he pensado que si las personas tuvieran la oportunidad de verlas en el agua, cambiaría claramente la percepción de cómo nos relacionamos con las ballenas y con los océanos. Cuando uno escucha cómo respiran, se encoge el alma, al lado tuyo y con el tamaño que tienen, hace darte cuenta de cuál es tu posición en el mundo y es muy pequeña en comparación a ellas”, continúa.

Ahora, lo que viene en esta iniciativa The Blue Boat Initiative, es “cubrir el área del Golfo Corcovado” dice la investigadora. “Esa sería la prioridad, pues con una boya no salvamos a todas las ballenas, pero necesitamos cubrir esta área de alimentación tan importante para todo el hemisferio sur”, afirma.

“De ahí viene, idealmente, cubrir su ruta migratoria por el Pacífico, que las lleva desde la Antártica al Ecuador. Eso sería si pensamos exclusivamente en las ballenas. Lo bueno es que está tecnología puede ayudar a otras especies, no solamente a las ballenas y puede monitorear toda la actividad humana en los océanos”, remacha la líder del proyecto.

Política exterior turquesa

El gobierno de Chile ha recurrido a usar el término política exterior “turquesa”, el cual implica poner un foco verde en la protección de la biodiversidad y uno azul en la protección de los océanos. Esta frase ha sido la antesala para presentar la propuesta, junto a Canadá, de la creación de corredores marinos protegidos en todo el Océano Pacífico.

Un proyecto que, para el equipo de Fundación Meri y la iniciativa The Blue Boat Initiative, es una excelente opción para que las boyas inteligentes formen parte. “Esta tecnología es totalmente usable para monitorear el corredor y determinar la biodiversidad marina existente; qué actividades humanas son las que se están llevando a cabo e incluso se pueden llegar a usar para un análisis de eficacia y fiscalización de las áreas marinas protegidas”, explica la directora ejecutiva de Fundación Meri.

El golfo de Corcovado, en Chile.| FOTO: MAV Drone
El golfo de Corcovado, en Chile.| FOTO: MAV Drone

Y expone también nuevos desafíos que han surgido en otros países. “Estamos muy en conversaciones con Tahití, que también tiene ballenas y cierto tráfico marítimo y tiene problemas; con Uruguay, que quiere tratar de ver la posibilidad de que esta tecnología ayude a determinar la eficiencia de un área marina protegida a nivel de biodiversidad, haciendo un monitoreo a la diversidad marina sin tener que estar en el agua todo el día e incluso en Panamá, que tiene muchísimos problemas de tráfico marítimo, y podríamos llevar la tecnología hasta allí”, finaliza la bióloga marina.

Como vemos, un proyecto con una serie de desafíos, tanto en Chile como en otros mares, pero que, por ahora, se encuentra dando vida a un proyecto inédito y esperanzador, tal como lo dice el nombre de su primera boya inteligente: Suyai, esperanza en mapudungun, la lengua de los indígenas mapuches chilenos. Esperanza para nuestras ballenas y los mares australes.


Más información en el siguiente enlace www.theblueboatinitiative.org

Fuente: El Ágora